Wednesday, September 08, 2010

RIGOBERTO



RIGOBERTO


A ese que va por esta calle
le llaman Rigoberto,
es hombre de piel trigueña y longa barba.
Va por la mañana, azada en mano y canta.
Saluda al sol recién abierto.
Tiene amor por la tierra a la que habla,
de perdidos temores y apetencias.
Derrama la semilla y la esperanza,
ese, que va por esta calle y canta.
El, no sabe de la ciencia exacta,
pero sabe de lunas y de soles;
de lluvias, sequías y labranzas.
Cuatro hijos tiene el Rigoberto,
y una esposa siempre blanca;
un caballo, un perro y una vaca.
Rigoberto es un rico labrador
que posee de amor colmada el alma
y mansiones de sueños entre sus palmas.

Norberto Pannone

EL CAMILO



EL CAMILO

La muerte andaba fingiendo
que al Camilo no veía.
Tarde o temprano sabía
que al indio, que andaba huyendo,
seguro lo alcanzaría.
Qué es esto de andarle errando?!
-Se cuestionaba la muerte-
No fuera que alguien pensara:
-¿Por qué al Camilo perdía?-
No era ella la más fuerte?
Buscó en su agenda la muerte
las hojas del calendario,
recorrió el abecedario
y halló anotado al Camilo
que apareció varias veces.
Sin ocultar su disgusto,
Vio que el pobre desgraciado,
tres veces se había escapado
de ser un frío difunto.
Pero, por qué causas torpes
el indio la había burlado?
La primera fue en agosto
del año que había pasado.
La segunda, una mañana
que se cayó del caballo.
La tercera, una estocada
que en una pelea brava
le abrió el pecho, bajo el brazo.

La muerte andaba fingiendo
que al camilo no veía.
Pero un domingo a la tarde,
Ahí nomás, del medio día,
la muerte artera y cobarde,
se le metió bajo el catre
cuando el Camilo dormía…

Norberto Pannone



Este es un humilde homenaje al indio Sudamericano, despojado y discriminado. Habitante del hambre y la miseria de “los huincas”, nunca “Toros”, como el mismo Camilo los bautizara.


EL CAMILO o “El Mapuche”

Feichí lan namutún kaú
Meu al Camilo mo pukitún
Rupanantú o liwen kim
Meu al mapuche meu namuntún leftripán
Munguén lo ñümen
Chem meu tufameu miaun kullilan
Meu dunú ti lan
Mu wekún meu kiñeché rakiduan
Chem meu al Camilo
Namúmn mu lila fei ti yod newén
Kintún meu ñi antú la lan
Ti tapul meu tripantu
Rumen fei dungún
Ka petún antú al Camilo
Meu wefn kaikemeu lelin
Nenón llumúnn ñi weshadeuam kulen
Pulkitún mu chi kuñifal illuf
Kulá lelín mulén witralen
Meu chemén kiñé watré layem
Welú chemen nichemen pofó
Feichí mapuche ti mulei ayetún
Ti kiñé amún meu purrá
Meu tripantu meu mulei epuhué
Ti epulelu kiñé liwén
Meu chem tream meu kawel
Ti kulá kiñé waikí
Chem meu kiñé kewan yafupiuké
Meu nulán fei rukú wau fei lipán
Ti lan namutún kau
Meu al Camilo mo pukitún
Welú kiñé reglé antú a ti rupanantú
Tufeimeu feimuten de raniantú
Ti lan fillnunén ka lliunkaché
Meu tukún wau feichí kawitú
Chumul feichí Camilo umagkulen

Norberto Pannone

Traducción a la lengua Mapuche por el Profesor Ángel Benito Torre de Comunidad Mapuche “Campo la Cruz” del Lonco Nahuel Payún

Wednesday, April 08, 2009


CAÍN o ABEL

Apenas me acuerdo de aquel día.
Emerge ahora en mi memoria
el singular atisbo que hilvanamos.
Después, algún gesto procuramos.
Y así nos conocimos…
Tú, tenías los ojos grandes y muy negros.
Yo también, al igual que los tuyos, creo.
¡Tan paralelos! ¡Casi hermanos!
Mas tarde, por fin, te fui aceptando.
Por mucho tiempo, no se cuanto,
nos insinuamos el guiño a cada rato.
En un principio te adoré
y al transcurrir la vida, nos odiamos.
¡Cómo te iba aborreciendo!
Caín o Abel?
Tú, siempre me mirabas extrañado,
y yo… te contemplaba extravagante.
Una día te enfrenté para contarte
del ausente color de sus cabellos;
del tácito dolor por resultante;
del traspié que sufrí por traicionarte,
del amor que ella bebiera en otra parte…
¡Como hubimos de llorar aquella tarde!
Luego, el tiempo fue pasando.
Ni tú ni yo nos dimos cuenta.
Una mañana, muy temprano,
te mostré mi peine con cabellos blancos,
te apenaste y, con el rostro acongojado,
revelaste lo propio en tu otra mano.
¡Pobre hermano! ¡Hermano mío!
Caín y Abel nos descubrimos.

Recuerdo, que un día al rasurarte
de tu mejilla un tajo te manchó la mano.
Tuve que lavar la mía y nada en ello supe raro.

Ayer, cuando volví, te descubrí llorando.
Sólo había venido, para explicarte,
de la ausencia imprevista de los viejos
y de las flores que puse entre sus brazos.
Me dio tanta pena que lloraras…
y en un arrobo de furor desatinado
que me abrazó implacable la garganta,
te arrojé por el suelo: ¡Caín, mi hermano!
Sin pena ni dolor, como escarmiento:
¡Acabé con tu existir, maldito espejo!

Norberto Pannone ©



IMPÍOS

Señora de esta tarde,
a medida que la luz sucumbe
sobre la alameda,
un chispeo de soles
te hurga las pestañas
y aun en tus perniles arde.
Soy el señor de la hora última;
el que guarda en su narciso
casta imagen de la hembra
acontecida siempre;
archivada en el racimo
y la simiente, o en el cristal
prosódico del vino.
Prima copa del celo refulgente.
Somos dos,
tan sólo un par de impíos,
paganos moradores de la tarde
esperando la noche que acontece.
Indefectible sombra,
lujurioso aquelarre,
hasta el instante mismo en que amanece.


Norberto Pannone

Thursday, September 18, 2008

EL HOMBRE DE LA BOLSA


"EL HOMBRE DE LA BOLSA"

Cada vez que llegaba la hora de almorzar, Myriam, no podía lograr que el pequeño Tobías, comiera.
Alguien, algún consejero de esos que nunca faltan, le dijo:
-Dile que si no come vas a tener que llamar al “Hombre de la bolsa”.
-¿Te parece que dará resultado?
-Creo que si, además, ¿qué puedes perder…?
Y Myriam siguió con el consejo.
De ese modo, cada vez que Tobías no quería comer, le decía:
-¡Si no comes, llamo al “Hombre de la bolsa”! Y el pobre Tobías imaginaba que un hombre malo y feo vendría a buscarlo. Se ponía llorar y… comía.
Hasta que un día, el niño se cansó de ser amenazado y le dijo a su madre que no comería.
La madre se asomó a la ventana y llamó entonces al “Hombre de la bolsa”.
-¡Hombre de la bolsa, hombre de la bolsaaaa!
Y apareció un hombre alto y grande con una bolsa gigante, de esas que se usan para consorcio.
Tobías, exaltado y excitado por la curiosidad, salió a verlo.
El hombre preguntó:
-¿Quién me llama? y Tobías respondió:
-Mi mamá.
-¿Cual es tu mamá?
-Esta, dijo el niño señalando a su madre.
Entonces, fue así que el grandote, la metió en la bolsa y se la llevó…


Norberto Pannone © 2007

LOS CONDENADOS


LOS CONDENADOS

Acurrucados, temerosos, alertas. Todos estaban allí, aguardando la macabra hora de su trágico final.
Ese rectángulo que los contenía era su última morada de vida, después, perderían uno a uno sus cabezas en una muerte explosiva, brillante, inexplicable.
Un hilo de luz se filtró por la abertura y una vez más uno de ellos fue arrancado de allí. Escucharon luego el refregón y el estampido y, temblando de furia y de miedo, comprendieron que otro de sus hermanos había muerto.
Era verdaderamente aterradora aquella incierta espera. Ninguno de ellos sabía a quién ahora podría tocarle. La inminencia de la muerte exacerbaba el albur que cada uno correría.
Eran elegidos al azar, sin discriminar. El verdugo nunca se detenía a mirarlos, sabía muy bien que cada uno debía morir tarde o temprano.
La voz llegó hasta ellos y los sacudió con su fatídico sonido.
-¿Dónde dejaste los fósforos?
-Sobre la alacena. Respondió otra voz.
Y la gigante mano tomó a uno de ellos y con terrible saña, le arrancó la cabeza al frotarlo sobre el costado de la caja que los contenía.


Norberto Pannone © 2008

Wednesday, September 17, 2008

REENCUENTRO

REENCUENTRO


Justo ahora
te encuentro,
cuando casi te había
olvidado.
Estamos diferentes.
El tiempo no acontece
en vano.
Ya no me gustan
como antes los helados
y sé que a ti
no te regalan rosas
ni claveles blancos…
que son los hijos de tus hijos
los amados.

Por lo demás,
nada será igual,
aunque al filo de las sombras
tropezamos.
Algo en el aire tiene
otro perfume.
Alborada lejana
y la memoria actual
con la herida
dibujada en el rostro
del espejo nublado de temores.

Así y todo,
con toda la aflicción
por lo que amamos,
nos dimos cuenta
que el amor es un estado…

Pero, perdón,
-¿Y a tí como te ha ido?

-“En realidad, fueron
casi las mismas cosas:
extrañas situaciones,
idas y venidas.
Días de sol
para llorar un poco
y días de bruma
donde todo reía”.

-“En fin, ya sabes:
vivir la vida,
amar cada segundo
como el último.
Creer.
Confiar en las palabras buenas
y olvidar aquellas,
que no lo son tanto…
reír, callar, soñar,
cantar de a ratos…
y seguir sobre todo,
demorando”.

-“Los amigos nuestros
iniciaron algunos
el viaje inesperado.
Y de aquellos,
los que fueron amantes:
advierto que muchos
siguen esperando…”

-“Yo creí que aún,
te gustaba el helado…”

-“Me olvidé de las rosas
y los claveles blancos…”

Norberto Pannone © 2006